Una vida toledana

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Desde que comencé a publicar el blog en el año 2013 siempre quise trabajar algún artículo sobre algún testimonio real sobre el asedio del Alcázar y el paso de la guerra en la ciudad de Toledo. A medida que el tiempo avanza es prácticamente imposible encontrar estos testimonios y sobre todo de los propios combatientes que ya contaban con una cierta edad. El tiempo no perdona y estas memorias se van perdiendo o se olvidan. Los únicos que sobreviven son aquellos llamados "niños de la guerra". A su edad, la mayoría conserva sus recuerdos completamente intactos y son una fuente de estudio más sobre acontecimientos históricos. Como ya hice unos meses atrás con la historia de Tere, vuelvo a tener el placer de escribir una nueva historia viva sobre Toledo y la guerra civil. 

Conocí a José Manuel Quirós Castaños a través de la página de Facebook de Toledo GCE cuando comentó uno de los artículos del blog sobre el Frente Sur del Tajo. Vía mensajes privados fue contándome anécdotas y recuerdos de su propia vida en la ciudad. Decidí animarle a escribir su historia completa para la página y accedió de inmediato. Esta es la historia de su vida y el paso por la ciudad de Toledo durante el conflicto.

José Manuel con su primer coche en la Plaza de Santa Eulalia en 1931 (Archivo JMQ).


Plaza Santa Eulalia en junio 2016.

José Manuel nació el 26 de abril de 1929 en su casa, situada en la Plaza de Santa Eulalia, donde hoy encontramos un local con Baños Árabes. La casa pertenecía a sus abuelos maternos que vivían con sus dos hijos solteros. Los padres de José Manuel vivían en el piso de abajo que habían alquilado a sus abuelos. Apenas llegó a conocer a su abuelo pues murió al mes de nacer él. En 1932 la familia tuvo a su segundo hijo, Melitón, llamado cariñosamente Mechi. El padre tenia un cargo de funcionario en el Cuerpo de Estadística, pertenecía a Izquierda Republicana y, según el propio José Manuel, tenía un buen sueldo y al nacer su hermano decidieron mudarse a otra casa que se encontraba en la Calle Pablo Iglesias (actualmente Real del Arrabal). Las cosas iban bien en la familia que incluso contaba con servicio para las tareas domésticas y contrataron los servicios de una niñera conocida como "La Nani".

José Manuel, Mechi y Julia junto con el chófer Ortigosa en Somosierra
durante el viaje de regreso a Madrid en 1933 (Archivo JMQ).
Antes de las elecciones generales de 1933, José Manuel recuerda que nombraron a su padre Gobernador Civil de Navarra por IR. Como él mismo dice, "era un momento delicado para la política en España. Cada vez era mas evidente la ruptura entre izquierdas y derechas". Las elecciones generales de 1933 pasaron a la historia principalmente por ser las primeras en que se contaba con el voto de las mujeres. Los resultados dieron la victoria en las urnas a los partidos de derecha, comenzando el conocido bienio radical-cedista. Debido a la victoria de las derechas el padre de José Manuel tuvo que cesar de su cargo pero hasta que se produjera el relevo en el cargo debía permanecer allí. Las Navidades estaban muy próximas y el padre envió a los niños y a su mujer de regreso a Madrid encomendando el viaje a su propio chófer. En Madrid cogerían un tren para ir a Cuenca a reunirse con unos familiares y regresar a Toledo.

El padre de José Manuel también ejercía como corresponsal de la Agencia Febus en Toledo. Esta agencia  abasteció durante todo el conflicto a los principales periódicos en zona republicana. Ya en 1936 la familia encuentra sus primeros problemas antes de las tensiones que provocaron la guerra. Al final de la primavera, el padre de José Manuel enferma de fiebres tifoideas, lo que obliga a que los dos niños abandonen su casa y se establezcan con su abuela en la Plaza de Santa Eulalia para evitar el contagio de la enfermedad, pero haciendo visitas esporádicas a su padre.

Durante los primeros días de la sublevación, antes de la declaración del Estado de Guerra en Toledo, desde Madrid pidieron al padre de José Manuel que entrevistara al Gobernador Civil para conocer la situación en la ciudad imperial. Al encontrarse el hombre enfermo, fue su cuñado Juan Castaños quien telefoneó al Gobierno Civil recibiendo del entrevistado la respuesta "Este gobierno está al servicio de la República y no hay nada que temer". Resulta muy llamativo este hecho puesto que, el Gobernador Civil en esos momentos, Manuel Mª González, acabó refugiándose voluntariamente en las dependencias del Alcázar con su mujer, sus hijos y una secretaria personal sobreviviendo al asedio.

Los recuerdos de José Manuel de la casa de su abuela están muy frescos, un patio con toldo extensible que reducía el sofocante calor veraniego, muchísimas macetas y una yedra que tapaba toda una pared.  El ambiente era muy agradable, "completado por un botijo colgado que daba agua fresquita". En ese patio tuvo su primer contacto con la guerra. Un día de finales de julio, jugando con su hermano Mechi, escucharon el motor de un avión que sobrevolaba la zona. Al poco, el avión descargó octavillas que cayeron sobre el toldo y que, aunque José Manuel ya sabía leer desde los cinco años, no comprendía muy bien el texto. El avión volvió a pasar por encima de las casas pero, esta vez, disparando ráfagas de ametralladora sobre algunos tejados causando daños en estos. Su tía los recogió rápidamente y bajaron al sótano del domicilio ignorando el peligro de quedar atrapados si bombardeaban la casa.

La familia materna de José Manuel junto a la familia Gómez de Llarena.
María, futura esposa de A.van den Brule, segunda sentada a la izquierda en el patio de la casa de Santa Eulalia (Archivo JMQ).


En Santa Eulalia se encontraban los niños cuando la Columna Riquelme llegó a Toledo y se produjeron los primeros combates el día 22 de julio. Cuando las fuerzas sublevadas de Tavera se retiraron al interior de la ciudad, algunos grupos de milicianos persiguieron a estas fuerzas por la calle Real del Arrabal, muy cerca de la casa de los padres de José Manuel. Una bala perdida entró en la vivienda y alcanzó la máquina de coser Singer de su madre, atravesando la tapa e impactando en una pared del interior. Como José Manuel dice "si mi madre hubiera estado como tantas veces cosiendo, habría sido alcanzada por el balazo". 


Otro recuerdo muy llamativo es sobre su vecino, el capitán Melón, profesor del Colegio de Huérfanos del Ejército. Al producirse la sublevación, el capitán se encontraba entre las fuerzas de Moscardó distribuidas por la ciudad y se retiró el día 22 hacia el Alcázar por el Cristo de la Luz, no sin antes pasar por su casa para recoger a su mujer y sus dos hijos. Esta pérdida de tiempo hizo que ya no pudiera salir, una ametralladora servida por miembros de la Guardia Civil disparaba ya contra los primeros milicianos que aparecían por la curva del Real del Arrabal. Cuando la situación se estabilizó, a los pocos días, aparecieron por casa de José Manuel unos milicianos de la CNT-FAI solicitando información sobre el capitán Melón. El padre de José Manuel informó que el capitán Melón se encontraba en su casa cuando aparecieron los primeros milicianos en Toledo y que él y su familia eran personas pacíficas. Nadie más volvió a importunar a la familia Melón. 

Casa de los abuelos maternos de José Manuel en la actualidad. 

Recuerda las ventanas altas del Monasterio de San Clemente con las banderas de los grupos de milicianos que ocuparon el edificio durante todo el asedio, en este caso el Batallón Pasionaria. En el antiguo convento había 9 monjas y, según el relato de José Manuel, los milicianos no molestaron ni ocuparon su zona de clausura. 

José Manuel escuchó en primera persona a María Gómez de Llarena, viuda de Alfredo van den Brule, alcalde de Toledo desde 1930 hasta 1931, comentar lo sucedido con su marido en agosto de 1936 pues la viuda era muy amiga de la familia de su madre (como podemos ver en la fotografía que nos aporta). El antiguo alcalde se encontraba detenido en la Prisión Provincial en el Convento de San Gil. Fue incluido en la saca del 23 de agosto de 1936 donde se encontraba el hijo de Moscardó. Al pasar por el Paseo del Tránsito, unos milicianos comunistas conocidos de Van den Brule intermediaron por él y consiguieron sacarle antes de producirse los fusilamientos. Fue trasladado a su cigarral y le dejaron una escolta. Pero, el día 29 de agosto, con el pretexto de devolverlo a la prisión, fue sacado de su cigarral y fusilado a las puertas de San Juan de los Reyes. 


Su padre mejoró y en una de sus tareas como corresponsal de Febus se acercó a Pinedo para informar sobre las piezas de artillería de 15,5 que disparaban contra el Alcázar. Su tío y él acompañaron al padre hasta Pinedo. Recuerda el fuerte sonido de los disparos y como a lo lejos estos impactaban en la fachada norte de la vieja fortaleza. 

En su memoria quedó grabado el combate aéreo entre un caza republicano y un bombardeo de los conocidos como "pavas". El bombardero acabó siendo abatido y los dos pilotos saltaron en paracaídas. Más tarde supo que uno de los aviadores fue acribillado mientras descendía y que el segundo fue capturado con vida y arrastrado y linchado hasta la Puerta de Bisagra para ser allí rematado. Muy posiblemente uno de esos paracaídas puede que sea el que los milicianos colgaron de las ventanas del edificio de Federacion Católica Agraria en la calle Carretas y ocupado por la CNT-FAI. 


Mostrando un paracaídas en la Federación Católica Agraria.
Actualmente Colegio Medalla Milagrosa de Toledo. 

La población civil durante todo el asedio permaneció en el interior de la ciudad, sufriendo la guerra a diario. El abastecimiento a los civiles era un problema y José Manuel recuerda las largas colas para conseguir leche en el establecimiento que había al comenzar la cuesta del Cristo de la Luz. Para no estar toda la noche en la cola, las mujeres idearon guardar su turno dejando un bote con una piedra en el interior. Cuando la leche llegaba las mujeres se colocaban en su posición donde habían dejado su respectivo bote. Algunas veces los milicianos llegaban y pateaban los botes, deshaciendo la fila, parece que esta costumbre estaba prohibida. Esta práctica la podemos ver en la fotografía de Hans Namuth en esta misma época en la Plaza del Ayuntamiento. 




Con el fin de los trabajos subterráneos para colocar las minas debajo del Alcázar, las autoridades republicanas desalojaron la ciudad antes de efectuarse la explosión para evitar daños a la población civil toledana. El desalojo se produjo el día antes de la voladura, el día 17 de septiembre de 1936. José Manuel recuerda como fueron llevados a la iglesia del Hospital de Tavera. La iglesia estaba abarrotada de gente y destacaba un enorme bullicio de voces. José Manuel y su hermano Mechi fueron acomodados en el suelo encima de unas mantas. El sonido y efecto de la mina al explosionar es algo que José Manuel jamás podrá olvidar, "el estruendo de la explosión hizo vibrar aquellas recias paredes como si se nos fuera a caer encima". A los pocos días otra orden de evacuación, esta vez obligaba a establecerse al otro lado del río pues se esperaba una mayor fuerza explosiva. Marcharon a un cigarral con otras familias. Los hombres se quedaron en el jardín y las mujeres y los niños en el interior pero José Manuel, con la curiosidad digna de su edad, salió con los hombres. Alcanzó a oír un sordo estallido y ver una densa humareda pero como el mismo dice "sin punto de comparación con la anterior". Esta segunda explosión se trata de la mina colocada el día 27 de septiembre a primera hora de la mañana y con las fuerzas de Varela ya a las puertas de la ciudad ejerciendo presión sobre los republicanos que se quedaban a defender la plaza. La mina ni siquiera llegó a alcanzar la estructura del Alcázar y la carga era muchísimo menor. 

Con las tropas de Varela luchando por liberar el asedio en las cercanías de Toledo, 27 de septiembre de 1936, la artillería sublevada disparaba sobre algunas zonas del casco histórico. Un proyectil cayó en la casa de los abuelos de José Manuel en Santa Eulalia. Entró por el tejado y estalló sobre el techo de yeso y cañizo haciendo añicos una araña de cristal y un gran brasero de cobre y latón. Afortunadamente no se encontraba nadie en la casa en ese momento y no hubo que lamentar daños personales. José Manuel comenta que su tía Conchita guardó durante años la cabeza del proyectil que utilizaba en casa como pisapapeles. 


José Quirós Fernández-Tello, padre de José Manuel. 
Tras la liberación del Alcázar y ocupación del ejército de Franco de la ciudad, comenzó la etapa de represión. El día 2 de octubre de 1936 se presentaban en casa de José Manuel un grupo militar con una orden de registro. Lo formaban un capitán, un teniente y un cabo armado con fusil. Su madre, preocupada, bajó a casa del vecino, el capitán Melón. El vecino propuso al otro capitán que registrara en el despacho del padre de José Manuel mientras el teniente registraba el resto de la casa y el cabo hacía guardia en la puerta de acceso a la vivienda. No encontraron nada que resultara comprometedor y se marcharon, no sin pedir disculpas antes. Pocos días después, el 5 de octubre, la familia se encontraba a la mesa comiendo cuando se presentó el señor Emilio Ferraz, jefe de la Oficina de Estadística (a la que pertenecía su padre). Traía la misión de ser acompañado por el padre de José Manuel al Hotel Castilla donde se encontraba el puesto de mando provisional de las fuerzas sublevadas. La preocupación de la madre aumentó y volvió a buscar al capitán Melón que se encontraba comiendo pero no dudó en levantarse, ponerse el uniforme y acompañar al señor Ferraz y al padre de José Manuel. Pasadas unas horas, Melón regreso a casa para decir que el padre había quedado detenido. Al día siguiente, 6 de octubre, a primera hora de la mañana, el padre de José Manuel era fusilado en las tapias del cementerio de Toledo. La tragedia familiar se acrecentó pues días antes, en Madrid, los milicianos detenían a un hermano de la madre de nombre Manuel Castaños. El motivo fue que no encontraban a su suegro, Narciso Martínez Cabezas, presentador de José Antonio Primo de Rivera en un mitin de Falange). Fue trasladado a la cárcel de Porlier donde se encontró con su suegro; pero hicieron no conocerse. El día 29 de septiembre, como revancha por la pérdida de Toledo, el tío Manuel fue incluido en una saca junto a varios hombres más y fusilado en Vicálvaro. La madre perdía a su marido y a su hermano, pero esto último no lo supo hasta mucho después a través de la Cruz Roja. 

La muerte del padre no parecía suficiente y el día 11 de octubre el propio capitán Melón avisó a la familia para que abandonaran la casa y se escondiesen pues todavía corrían peligro. Esa misma noche subieron en paquetes y bolsas la mayor cantidad de objetos personales e importantes a la casa de su abuela materna en Santa Eulalia. Toda la familia Melón colaboró en la rápida mudanza. Los muebles se subieron al día siguiente en un carro que el propio capitán contrató. Después de esto, el capitán Melón desapareció de las vidas de la familia de José Manuel. No volvieron a verse y jamás pudieron devolverle, con su agradecimiento, todo cuanto había hecho por ellos. Investigando un poco en los BOE de la época, Rafael Melón y Ruiz de Gordejuela, ascendió a oficial en la Academia de Infantería de Toledo en 1914. Al finalizar la guerra (desconozco tras el asedio su historial) se encontraba como retirado reingresando en 1939 a la situación de actividad y siendo ascendido a comandante de infantería. 



Año 1937
Establecidos en el piso superior de la casa de Santa Eulalia. Durante los siguientes meses su madre solo salía de casa para ir a misa con la familia a la parroquia de Santa Leocadia. Mechi y José Manuel sí salían a jugar pero sin alejarse mucho pues de vez en cuando sonaba la sirena de la Fábrica de Armas que anunciaba la llegada de aviones republicanos. 


La vida en la ciudad, a pesar de encontrarse muy cerca de los frentes, intentó establecer una situación de normalidad. José Manuel iba a catequesis a la capilla de San Ildefonso. Pero aún así la guerra estaba muy presente para José Manuel y los toledanos. Sin quererlo, era testigo de detenciones, bombardeos sobre el casco histórico con su previa alarma aérea y el nerviosismo para ponerse a cubierto. Recuerda como un día, en la casa de Santa Eulalia, comenzó a sonar la sirena y el motor de un avión. Hubo varias explosiones alejadas y una muy fuerte ensordecedora que sacudió toda la casa. Al restablecerse la calma, salieron de la casa y se encontraron con el muro de San Clemente abierto por un gran agujero de varios metros de diámetro. Los restos del muro se encontraban desperdigados por toda la calle. El convento resultó muy dañado en algunas de sus partes como el coro además en el bombardeo resultaron muertas dos monjitas que se encontraban en el interior. 



Con las grandes piedras de los escombros José Manuel y sus amigos hicieron parapetos para sus juegos de pedreas. "La guerra estaba tan presente en nuestros juegos que llegamos a hacer peleas además de con piedras con algunas rudimentarias armas de fabricación casera" comenta José Manuel. 

Otro día, sentados jugando en los escalones de su casa con unos amiguitos, vieron subir por la plaza a un grupo. Era una pareja de guardias civiles que llevaban a un hombre detenido con un niño (que conocía José Manuel, pues solían jugar juntos). El niño lloraba y pedía que no se llevaran al padre. Esta visión desgarradora hizo saltar a José Manuel que fue parado y sentado por los otros niños. Nunca olvidará aquella terrible imagen. 


Coro del Convento de San Clemente. 

En el verano de 1937 se produjo en Toledo una epidemia de fiebres tifoideas por beber agua del río Tajo, pues los aguadores y azacanes se negaban a ir a los manantiales de agua potable que se encontraban extramuros y cerca del frente. La epidemia entró en casa de José Manuel. Su tía tuvo que ser hospitalizada en el manicomio, su abuela quedó alelada y su madre aguantó junto a su hermano pequeño Mechi que tuvo una fuerte hemorragia y murió desangrado. José Manuel tuvo que ser acogido durante unos días por las hermanitas de los pobres. Su tío, el conocido médico Santiago Relanzón, ayudó a la familia encargándose del entierro de Mechi y acompañando a José Manuel al cementerio. 

Tras la muerte de su hermano pequeño, su tío Santiago ofrece a la madre la posibilidad de que José Manuel asista a la escuela del Asilo. Recuerda como al llegar fue presentado por el maestro al resto de niños que vestían todos con el mismo babi y fue colocado en un pupitre en el centro de la clase. Así comenzaba su vida escolar. A pesar de los bombardeos que sufría la ciudad, la cercanía del centro escolar con su casa tranquilizaba a su madre. El curso transcurrió con normalidad, jugando en los recreos en el magnífico patio bajo la vigilancia de sor Encinas que evitaba con mano dura las típicas peleas entre los niños. 

Al comenzar sus vacaciones escolares, un día llegó a casa un soldado con brazalete y una citación del coronel de la Cruz Roja para que su madre se presentara en la jefatura local en la calle San Ildefonso. José Manuel acompañó a su madre. Al llegar a la oficina fueron recibidos en un despacho austero con una bandera blanca y una cruz roja. El coronel, en tono seco, preguntó a la madre por qué la pretendáis ayudar desde el bando rojo. Su madre le paró los pies. "Coronel, le recuerdo que esa bandera es neutral y aquí no hay nada mas rojo que la cruz". El hombre rebajó el tono e informó que la familia de Madrid solicitaban información de cómo estaban sus familiares toledanos pues desde la liberación del Alcázar desconocían la situación de estos. El adusto coronel informó a la familia de Madrid sobre la muerte del padre y hermanito de José Manuel, mediante un telegrama escrito por la propia madre.


Igualmente, la familia de Calatayud, donde residía la hermana de su madre, escribió para informar que esperaba el parto de su cuarta hija y era su deseo de que su hermana acudiera para atender a las otras niñas en el evento. Para poder efectuar el viaje era necesario un salvoconducto que sólo se proporcionaba en la comisaría de policía. Una amiga de la madre trabajaba en las oficinas de Intendencia y consiguió que pudieran viajar hasta Ávila y desde allí, sin pasar por Madrid, llegar a Calatayud. El día que recogía el salvoconducto era el fijado para el viaje. Durante la comida, esperando a que vinieran a por ellos, llamaron a la puerta. José Manuel abrió la puerta y se encontró con un sudoroso guardia de asalto que preguntaba por su madre. Traía una notificación urgente. Al bajar su madre y despedirse del guardia subió con gran preocupación. El aviso venía de "alguien que la quiere bien, pero no puedo decirle quién" pero aconsejaba que se escondiera o escapara, pues alguien la ha visto, la ha denunciado y han dado orden de venir a detenerla hoy mismo. 



Milicianas con pan en la Calle Real del Arrabal.
El edificio de la derecha pertenecía a la vivienda de José Manuel hasta abandonarla al morir su padre (hoy Hotel Abad).

La espera tuvo en vilo a José Manuel y a su madre. Se preguntaban quién llegaría primero. Al final sonó el claxon del vehículo de un comandante que partía hacia Ávila y se ofreció a llevar a la familia gracias al contacto de su madre en Inteligencia. Al salir por la Puerta del Cambrón se encontraron con el control militar que pasaron sin problema pero a la altura de Torrijos un grupo de militares hacían señas para que el vehículo se detuviera. El miedo se apoderó de los cuerpos de José Manuel y su madre pues creían que su trayecto finalizaba allí mismo. No resultó ser un control sino varios compañeros de Intendencia que sabía que pasaría por allí el comandante y querían ofrecer un descanso y refrescar pues era pleno mes de agosto. El viaje continuó hasta la estación de trenes donde debían coger un tren que llevaba a Valladolid. Pernoctaron en la fonda de la estación de Valladolid para coger de madrugada otro tren que les llevaría a Calatayud. En la ciudad aragonesa comenzaron una nueva y distinta vida. Sus tíos acogieron a su madre y la niño con todo cariño y acordaron con mi la madre ocultar la circunstancia y forma de la muerte del padre. En Calatayud se vivía de forma más tranquila pues desde su llegada no hubo ni un solo bombardeo aéreo republicano hasta el final de la guerra. José Manuel no volvió a escuchar sirenas, ni aviones, ni los fuertes estampidos de las bombas. 
Se matriculó en el Colegio Maristas al comienzo del curso, haciendo nuevas amistades. Para intentar llevar una vida mucho más tranquila y no llamar la atención, su madre decidió arriesgarse y afilió a José Manuel en la Organización Juvenil de Falange. Eran unos pocos niños los que vestían con la camisa azul y las boinas rojas en Calatayud. La guerra concluyó en abril de 1939 con el regreso de las tropas a sus cuarteles en trenes de mercancías que veían pasar por la estación de la ciudad. 

José Manuel, abajo a la derecha con boina (Archivo JMQ)
En septiembre de 1939, nuestro protagonista aprobó el examen de ingreso en el Instituto. Su vida era feliz. El nuevo curso escolar transcurrió con normalidad y José Manuel asistió a un campamento regional de Aragón de la Organización Juvenil. Pudo conocer la ciudad de Zaragoza, pues era el punto de concentración. Durmieron en la capital y muy temprano marcharon a la estación para tomar un tren que llevaba a Sabiñánigo para coger varios camiones y llegar hasta el Valle de Ordesa en Huesca. Para José Manuel era "como el paraíso". En el campamento había un gran hoyo para hacer el fuego de campamento, se reunían a cantar, leer poesías y contar leyendas de cada sitio de origen de los grupos, gimnasia, marchas para ver las cascadas, etc. José Manuel disfrutaba como nunca. Era la paz después de la guerra. Un cambio radical para José Manuel que todavía despertaba a veces en medio de pesadillas recordando los sonidos de sirenas y las bombas destruir los muros de edificios. Según José Manuel "esto era PAZ". Regresaron a Calatayud con nostalgia. En cierto modo se habían sentido libres por un tiempo, fuera de las rutinas de la ciudad. 



Al comenzar segundo curso, algo hizo que tuvieran que regresar a Toledo con el consiguiente traslado de matrícula e incluso trasladar su filiación a la Organización Juvenil que ahora se llamaba Frente de Juventudes. La vuelta a la ciudad imperial fue muy dura. Ser "rojo" suponía ser un apestado. Algunas amistades demostraron son verdaderas ya que actuaron muy bien e intentaron ayudar a la familia en lo que pudieron. En el instituto de Toledo algunos compañeros trataron de humillar y hacer daño a José Manuel. Al año siguiente y por iniciativa propia, el muchacho se dio de baja como joven falangista. 


El hijo de su tío el doctor Santiago Relanzón, Arturo, que ejercía de director de ginecología de la Maternidad Provincial intervino en el complicado parto de la mujer del Gobernador Civil de Toledo, Manuel Casanova. El médico salvó la vida de madre e hijo. Días más tarde, Arturo hizo una visita a la abuela de José Manuel en la casa de Santa Eulalia y comentó lo sucedido con la mujer del gobernador. La madre de José Manuel aprovechó para ver si podría conseguir el favor del gobernador  para autorizar la exhumación del cadáver de su marido, enterrado con otros en el patio 42 del Cementerio Municipal de Toledo, y poder darle una sepultura digna y privada. Los contactos de Arturo en el Ayuntamiento, en el Gobierno Civil y del propio Jefe Provincial de Sanidad propiciaron la exhumación del cadáver del padre de José Manuel. 


El 24 de marzo de 1941 se produjo la apertura de la fosa común. José Manuel tenía 12 años y recuerda que era una fría mañana. Se encontraban presentes un juez, un encargado del cementerio, un enviado de Sanidad, el matrimonio Lahera, su madre y él. Los sepultureros levantaban la tierra con las palas y de repente comenzó a notarse en el ambiente el fuerte olor a cadaverina que cada vez era más fuerte según salían los primeros restos totalmente deshechos e irreconocibles hasta aparecer los primeros cuerpos enteros. El cuerpo de su padre apareció en trigésimo puesto, vestido con su gabardina, estaba perfectamente reconocible. Los sepultureros izaron el cuerpo con cuidado y lo depositaron en el ataúd que había comprado su viuda. El resto de cuerpos que no se identificaron, pues algunas familias citadas ni si quiera aparecieron, quedaron allí enterrados de nuevo. 
Su madre había estado triste y seria, pero sin llorar. Aguantando el hedor que intentaban evitar con pañuelos impregnados con colonia. Al acercarse al cuerpo de su marido, rompió a llorar, mientras recuperaba los gemelos que ella misma le había regalado y el pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta. El ataúd fue trasladado a la sepultura familiar donde hoy como José Manuel recuerda, "yace con su enamorada esposa". 

La familia sufriría otra desgracia con la pérdida del primo de José Manuel, hijo de su tío fusilado al comienzo de la guerra por los republicanos, llamado igualmente José Manuel (Castaños). Su primo era seis años mayor que él y pertenecía al Frente de Juventudes. Con la creación de la División Azul, se inscribió como voluntario. Muñoz Grandes que conocía a la familia materna, ofreció al muchacho para estar a su lado y evitar que marchara al frente de guerra en Rusia. Pero se negó por completo a este trato de favor, pues como él mismo dijo a su madre, quería vengar la muerte de su padre. Una noche, en las proximidades del Lago Ilmen, un bombardeo de morteros rusos alcanzó el refugio donde se encontraba José Manuel Castaños y un grupo de españoles. La familia madrileña visitó a la familia toledana en la casa de Toledo pocos meses después del suceso. Podemos ver esta fotografía que nuestro protagonista realizó durante esta visita, todavía de luto por la muerte del primo José Manuel. 


Visita a Toledo de la familia madrileña, todavía de luto, en 1942. 

José Manuel quiere añadir unas palabras haciendo referencia a su madre, como una reivindicación a la figura que representó y sigue representando para él:


"Mi madre fue una gran luchadora, sin complejos, con creencias firmes, religiosas y políticas y fiel enamorada de mi padre. Una mujer muy entrañable y siempre dispuesta a quien la necesitase, incluso a personas que la hicieron daño. Cuando tuvimos que irnos a Calatayud, la situación hizo que tuviera que trabajar. Era muy habilidosa en toda clase de costuras, de punto, encajes y bordados. Una prima de mi tío tenía una mercería y la propuso hacer labores de punto y coger puntos a las medidas. Se dio jornadas duras de tricotar con agujas y de coger puntos con su ganchillo pasa así colaborar en nuestra manutención y a los gastos corrientes. Al regresar a Toledo su mérito fue mayor. Conservaba las antiguas amigas, las que eran de verdad, a quienes no les importaba que fuera "roja". Otras mujeres, la negaron el saludo e incluso la humillaron por hacer esos trabajos. Nada fue óbice para que empezara aquí los mismos trabajos. Trabajó con la mercería Maeso de manera manual hasta que pudo, con sacrificio, comprarse una máquina eléctrica Vitos. Así peleó un tiempo hasta que un día, por medio de María, la viuda de van den Brule, consiguió que la contratasen como mecanógrafa en la oficina de Intendencia en el Palacio de Fuensalida, empleo que llevaba un magnífico complemento  de suministro de víveres, en plena época del racionamiento. En 1948 yo me vine a Madrid al servicio militar y ella siguió en Toledo hasta que pidió el traslado a Madrid cuando me fui a casar. Vino destinada a la Pagaduría Militar de Haberes. En cuyo destino tuvo que, a sus años, prepararse las oposiciones consiguiendo una plaza y convirtiéndose en funcionaria. Vivió con nosotros, siendo una gran ayuda, hasta su muerte con 96 años en el año 2001. Mantuvo una mente lúcida y firme en sus convicciones. Su jubilación y la pensión de guerra de mi padre, que consiguió gracias a la intervención del Defensor del Pueblo, permitió que viviera sus últimos años holgadamente y feliz. 

Nuestro protagonista, tras acabar la mili, entró a trabajar como dibujante cartógrafo en la Editorial Aguilar. En 1953 ingresó en la Dirección General de Correos y se casó en 1955 tras conocer a su primera novia (una dulce canaria) con la que tendría cinco hijos. En 1963 ingresó en el Departamento de Publicidad de Iberia. Como él mismo dice, desde que se casó ha habido muy buenos momentos y otras dificultades y añade, "hoy estoy jubilado y feliz, a pesar de mis achaques". 

Para despedirse, José Manuel recalca que su "deseo es dejar testimonio de una parte protagonista de aquella terrible guerra, que destrozó a familias enteras que, además, no tuvieron oportunidad de saber convivir entre ellas como tuve yo en la mía". 

Como siempre, mi especial agradecimiento a José Manuel que, con sus relatos, hemos terminado por hacernos buenos amigos. A sus 87 años mantiene la memoria muy viva y muy fresca, su manera de recordar me ha hecho transportarme a una época muy olvidada que gracias a, principalmente, los testimonios de los protagonistas, podemos llegar a conocer al 100% como nunca antes con otro momento histórico. 

Gracias amigo. 




1 comentario :

  1. Gracias, Carlos, la "microhistoria" es mas fascinante que la "MacroH", Gracias a José Manuel por compartir sus recuerdos, ha prosperado con los años, ahora tiene dos utilitarios. jajaja

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